—David, ¿qué te pasa? Te estoy esperando para cenar.
—No tengo hambre, mamá.
—Cómo, ¿te pasa algo, hijo?
—No te lo puedo explicar.
—¿Por qué no? Soy tu madre. Desde hace varios días me tienes preocupada. Tenemos que hablar. Vamos a cenar y después lo haremos. Ya verás, juntos encontraremos una solución. Seguro que no tiene tanta importancia como tú le estás dando.
—De acuerdo. Pero me va a costar explicarte cómo me siento.
—No te preocupes, hijo. Lo que tienes que hacer es expresarte sinceramente y verás lo fácil que es y que todo fluye.
Se dejó la mitad de la cena en el plato. Su madre no quiso insistir más para no agobiarlo. Su padre no estaba, había salido de viaje por asuntos laborales. Se retiraron al salón donde un cálido fuego ardía. Había una lámpara encendida con una acogedora luz, lo que hacía que el ambiente fuera propicio para relajarse y estar distendidos. Ana, su madre, le preguntó si estaba cómodo. Él hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Su madre era para él la persona de mayor confianza.
Ana, segura de sí misma, no dudaba de que lo que le pasaba a su hijo era algo leve, pero se sintió mal al no haber detectado antes que David la necesitaba.
—¿Tienes algún problema aquí en casa, hijo? ¿Te falta algo?
—No, mamá, me siento muy a gusto en casa. Es donde mejor me encuentro.
Los ojos de David comenzaron a humedecerse y ella le abrazó apoyándole la cabeza sobre su pecho, reconfortándolo. Estaba impaciente por oírle hablar, ya que no terminaba de saber qué le pasaba. No podía sacar de su boca ni una sola palabra.
Ana se levantó y fue a buscarle un vaso de agua y pañuelos. David se abrazó de nuevo a su madre igual que un niño pequeño buscando apoyo y seguridad.
—Mamá, hay un lugar donde no me siento a gusto.
—Sigue, hijo. Dime dónde es...
—En el instituto. Hasta mi amigo Guillermo se burla de mí.
—Explícate, hijo, ¿por qué? Te matriculamos en este colegio porque tiene prestigio en la ciudad. ¿Qué es lo que te han hecho?
—La han tomado conmigo. Todos los niños llevan puestos piercings en los labios, en las orejas, en las cejas, en la lengua y hasta en el ombligo. Se meten conmigo porque yo no llevo, me insultan y el profesor les ríe las gracias porque les tiene miedo y no hace nada al respecto. Creo que es un cobarde. El otro día cuando salíamos de clase me dieron un empujón y me tiraron al suelo. El chichón que tenía en la frente me lo hicieron ellos. No te quise decir la verdad cuando me preguntaste para no preocuparte; pensaba que sería algo pasajero, pero está yendo a peor. Ya se lo están tomando como una diversión y como un juego.
—Hijo, ¡cuánto siento que estés pasando por este calvario! ¿Por qué no me lo has contado antes? ¿Te das cuenta del tiempo que llevas sufriendo pudiendo haberlo solucionado antes y así evitar pasar malos ratos?
—Mamá, no sabía cómo te lo ibas a tomar… Tú tenías mucho interés en que yo estuviese en ese colegio.
—No te preocupes que lo arreglaremos. Mañana iré a hablar con el director y le diré que te cambien de aula.
—¡No mamá, no lo entiendes! Da igual en el aula que esté. Van a por mí. ¡Tengo que salir de ese colegio ya! No puedo ir más. Creo que aborreceré los estudios si sigo allí.
—Y, ¿qué hacemos con el curso, David?
—Me examinaré por libre. Estudiaré en casa.
—Desde luego, hijo. Así lo haremos, como tú desees. No vas a sufrir ni un día más. Mañana pasaré a recoger las cosas de tu taquilla y hablaré con la Dirección. Posiblemente ponga una queja a tu profesor por saber lo que estaba pasando y no haber informado de ello ni a Jefatura, ni a mí que soy tu madre.
Al día siguiente se presentó allí y tuvo que esperar media mañana hasta que consiguió poderse reunir con el director. Cuando Ana le expuso con todo lujo de detalles el problema y le explicó cómo se encontraba su hijo y que no volvería a pisar el colegio por ese motivo, el director se quedó desconcertado y le dijo que averiguaría de inmediato lo que había sucedido y que tendría noticias suyas porque en esos momentos desconocía la situación.
Cuando Ana salió por la puerta del despacho, hizo llamar a varios de los profesores, los que confirmaron la moda que se llevaba en el colegio. El director no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Se enfadó al saber lo que pasaba en el centro…
¡Ni se le había pasado por la cabeza que allí se permitiesen llevar semejantes “adornos”!
El director indagó las normas de diversos colegios elitistas y supo que en todos estaba prohibido llevar esa moda. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía un poco abandonada la imagen que tenía que dar el colegio y también su propia imagen como director del mismo. Se sentía avergonzado de que al profesorado le diese igual lo que estaba pasando. Esa había sido otra equivocación por su parte, la poca comunicación con los docentes. Hacía un año que no les había ofrecido formación adicional para seguir evolucionando. Pidió disculpas a todo el profesorado y todos lo aceptaron de buen grado por haber tenido la humildad de reconocer su descuido. Esa fue la razón de hacer un giro positivo en el colegio, que siempre había gozado de un gran prestigio.
Inmediatamente ordenó la retirada de todos los piercings y envío una carta informando a todos los padres de que estaba prohibido llevarlos, ya que estaban surgiendo enfrentamientos entre alumnos y se debían evitar enseguida.
Después de semejante bochorno, llamó por teléfono a Ana para que tranquilizase a David ya que había cortado el problema de raíz.
—Ana, siento mucho lo sucedido y quería decirle que el problema ya está solucionado. De ahora en adelante no habrá ningún niño con piercings en las clases.
—Gracias, señor. Pero mi hijo ya tomó una decisión.
—Ana, no sufra. Su hijo ya puede venir con tranquilidad.
—Usted no lo entiende. A mi hijo le han hecho tanto daño que ya no puede atravesar la puerta de ese colegio. Solo me queda decirle que, usted, como director, no se ha enterado de las cosas que pasan en su colegio. Ahora entiendo que funcione mal... Pero le advierto que verá alguna noticia en los periódicos al respecto. ¿Se da cuenta de que una estupidez ha podido arruinar la vida de mi hijo por no estar pendiente de lo que pasa en su colegio?
—Ana, ¡lo siento de verdad!
—No lo sienta y actúe.
Terminada la clase a la que iba David, el viejo profesor se dirigió hacia la puerta porque vio que en el suelo había un
piercing. Lo cogió y cerró la puerta tras él. El cambio había empezado. Ya no podían tener más distracciones y así evitarían más peleas.
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A veces ser discreto y no seguir los patrones de un grupo molesta a los líderes. ¿Crees que ser discreto y no seguir los patrones te puede acarrear problemas?

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