Después de unos minutos de contemplación, de nuevo acudió a ella lo que en verdad quería olvidar y pensó: “¿Tantas prisas para qué? Ahora que he tenido que parar me doy cuenta de que no soy imprescindible y que la vida sigue”.
En un espacio corto de tiempo, su mente recordó la secuencia de aquel día cuando sonó el teléfono:
“Ring, ring, ring”
—¿Diga?
—¡Hola, Beatriz! Soy Carlos, de marketing. Te recuerdo que hoy tenemos una comida a las dos y media en el restaurante El Figón. ¿Lo tenías presente?
—Sí, sí. Lo tengo anotado en la agenda. Estoy en un atasco y estoy muy nerviosa. Tendremos que aplazarla para otro día.
—¿Puedo hacer algo por ti?
—Sí. Ven a rescatarme con un helicóptero.
—Ja, ja, ja. ¡Qué bromista eres! Iría, pero quizá tú ya no estarías en el embrollo, ¿no?
—Te llamaré más tarde, me está sonando el otro teléfono —dijo Beatriz.
“Ring, ring, ring”
—¿Diga?
—¡Buenos días, Beatriz! Soy Alejandro. Te recuerdo que estamos a final de mes y tenemos que reunirnos lo antes posible para lanzar los objetivos del próximo trimestre. ¿Qué te parece si nos vemos a media mañana?
—¡Nooo! Estoy en un atasco. Tengo una reunión en la oficina y no sé a qué hora llegaré y me espera un cliente muy importante japonés.
—¡Caramba!, lo siento. Cuando puedas, me llamas.
Bajó la ventanilla del coche mientras pensaba: “¡Uhhh! Esto no termina de arreglarse, pero ¿qué pasará allí delante?”
—¡Buenos días!, señor. ¿Sabe usted qué pasa con el tráfico?
Nerviosa le preguntó a un guardia de circulación que en ese momento pasaba por entre los coches intentando informar y apaciguar a las personas.
—Señora, cálmese; estamos haciendo todo lo que podemos, debe tener paciencia.
—Sí. ¡Claro! —dijo Beatriz.
—Según las noticias que estamos siguiendo desde la central ha habido un atentado. Parece ser que tenemos todavía para rato.
—¡Gracias!
Después de reflexionar unos minutos pensó: “Llamaré a la oficina y le diré a la secretaria que anule la reunión de hoy; no sé hasta qué hora estaré aquí atrapada”.
—¡Buenos días Laura! Pásame con el señor japonés, por favor.
—Pero, Beatriz, si él no entiende el español ni tú el japonés.
—Tienes razón, olvidé ese detalle. Pásame con el traductor que le acompaña. Además infórmales de que estoy en un atasco de tráfico.
—Ya lo saben, y entienden perfectamente las circunstancias. Me han pedido que te diga que no te preocupes y que te relajes. Nos hemos enterado hace poco rato, por las noticias.
—Y, ¿por qué no me has llamado para decírmelo?
—Te hemos llamado varias veces al móvil para comunicarte lo del atentado, pero nos ha sido imposible hablar contigo. Siempre comunicabas.
—Cierto. Disculpa. He estado hablando con otros clientes.
De nuevo se oyeron otras explosiones y en el cielo se veían nubes grisáceas y negras con algunas llamaradas rojas que impresionaban.
Aumentó el nerviosismo, los gritos y había mucho miedo entre la gente. Hubo un choque de coches en cadena y Beatriz recibió un golpe del coche que tenía justo detrás de ella quedándose el suyo como un acordeón. Ella quedó inconsciente con la cabeza apoyada en el airbag que se había activado con el golpe y quedó gravemente herida. Pasó un mes hospitalizada y después de darle de alta quiso marcharse a una casa que tenía en una zona aislada del ruido de la ciudad para estar tranquila y recuperarse.
Beatriz volvió a su presente por el ladrido de los perros y el ruido de dos coches que se acercaban a la casa. Se ayudó del apoyabrazos del sillón para poder levantarse y ver quién llegaba a esas horas. No entendía nada, nadie la había avisado de que vendrían a visitarla. Pocos minutos después, la asistenta llamó a su puerta.
—Señora, han llegado dos señores y dicen que quieren hablar con usted.
—¿Dos señores? ¿Los conoces? ¿Han venido a casa alguna vez?
—No, no señora, es la primera vez que los veo.
—¡Qué raro!, ¿qué aspecto tienen?
—Uno es extranjero, con rasgos asiáticos.
—Acomódalos en el salón, ofréceles algo de beber y vuelve a subir para ayudarme a vestirme.
—Sí señora, enseguida.
Beatriz estaba inquieta e impaciente. Pasaban por su mente muchas narrativas pero no sabía cuál de ellas podría ser la auténtica. La asistenta llamó de nuevo a la puerta de su habitación:
—Ya están acomodados en el salón.
—Bien, acércame los zapatos azules que están en el armario.
—Señora, le recuerdo que todavía no se puede poner zapatos.
Con la mirada fija en la cuidadora nuevamente, Beatriz volvió a la realidad pero, de una forma tranquila, sin ira, ni rabia. Ya había hecho un gran avance en su proceso de digerir que, además del trabajo también había cosas muy importantes en la vida y que no se había parado a pensar en ellas.
—Ja, ja, ja. Es verdad, tienes razón. Gracias por recordarme en el punto en el que estoy y del que a veces me olvido sin darme cuenta.
—Sí, señora. Me alegro de que se tome las cosas con humor y buen talante.
—Bien, ayúdame a ponerme las zapatillas y acércame la bata estampada de seda. ¡Sí, esa!, la de tonos rojos.
Beatriz bajaba las escaleras de mármol rosado acompañada de su ayudante y cuando llegó a la planta baja, la dejó que se acercara al salón apoyándose en las dos muletas que usaba para andar por casa. Los dos caballeros al verla se levantaron y caminaron hacia ella, uno por la derecha y otro por la izquierda, ofreciéndole el brazo para que se apoyara en ellos y acompañarla hasta el sillón.
Beatriz intuyó que era el señor japonés con el que aquel trágico día tenía la cita a la que no pudo acudir. No comprendía el motivo de que estuviese allí estando convaleciente. Dejó que ellos comenzaran el diálogo y no les quiso interrogar hasta que expresaran el motivo de su visita. Al ver que ellos eran tan amables y educados que la aceptaban tal como estaba en esos momentos, sin pintar, sin traje y accesorios de ejecutiva, simplemente con zapatillas y bata, ella se relajó, comenzó a fluir y les expresó algunos sentimientos que estaba viviendo por el aislamiento y la recuperación. El señor japonés se emocionó al oírla narrar lo que sentía y la invitó a que siguiese por ese camino porque descubriría una parte de ella misma que desconocía hasta el momento, consiguiendo ser mucho más feliz en todos los aspectos y teniendo otros valores que lograrían llenarla más. También le dijo que, si algún día era posible, le contaría algunas de sus experiencias por las que sufrió un cambio definitivo.
Él se había preocupado por su salud desde el día del accidente, aunque ella no lo sabía. Pasó a exponerle su plan mostrándole su mansión en su país y ofreciéndosela para que ella se fuese a recuperar allí con terapias avanzadas. Una vez recuperada y debido a que su perfil de ejecutiva le gustaba, pretendía contratarla en su empresa, una de las más importantes del mundo, como su ayudante, para tomar decisiones junto a él. Le prometió también que trabajaría sin estrés.
Beatriz se quedó sin palabras y le agradeció su interés. Se marchó a su habitación y comenzó a llorar. Después de largo rato de estar descargando su emoción pensó: “Es maravilloso, me quieren ayudar a recuperarme de mi estado físico-emocional y me ofrecen un empleo mejor que el que tengo. Es un milagro. ¿Ha de pasarnos algo grave, a veces, para que nos dé un vuelco la vida? Es posible. Creo que sí".
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