Aniversario

El día amaneció con lluvia. Jana miraba a través de los cristales de la habitación. Se sentía triste porque hacía dos días que no tenía noticias de su marido que estaba de viaje de negocios. Ella quería que la llamase cada día, pero él lo hacía cuando le apetecía, diciéndole que a veces no tenía cobertura. Se había convertido en un hábito para él, desaparecía de casa casi toda la semana.

Aquel día Jana salió de compras. Cansada de ver escaparates y sin ilusión de comprarse nada, entró en una cafetería para tomarse un café. Estaba ensimismada y abstraída en su soledad. Pensaba en lo que debía hacer porque cada día veía menos a Pedro.

La voz de un antiguo amigo la hizo salir de su triste estado.

—¡Jana! ¡Qué alegría verte!

—¡Enrique! Pero... ¡Cuánto tiempo!…

Ambos se fundieron en un cariñoso abrazo riendo contentos.

—Dime… ¿Qué es de tu vida? ¿Te dedicas al diseño que tanto te gustaba?

—No, al final lo tuve que dejar.

—¿Cómo?… Pero si era tu ilusión.

—Sí; terminé la carrera, pero me casé con Pedro y me convenció para que dejara de trabajar porque con sus ingresos teníamos suficiente para vivir. Ahora me arrepiento de haberle hecho caso.

Enrique fijó su mirada en Jana, sorprendido, y ella bajó la cabeza quedándose aun más afligida.

—¿Esperas a alguien o estás sola?

—Estoy sola. He venido al centro de compras. Tenía sed y entré a tomar algo.

—Veo que no has comprado nada todavía.

—No, nada, pero me he distraído un poco.

—Si te apetece te acompaño, tengo tiempo libre.

— Sí, me apetece. Ambos cruzaron sus miradas y sonrieron.

—¿Quieres tomar algo más?

—No, todavía tengo bebida.

—Jana, disculpa un momento; voy al aseo y pediré algo para tomar.

—Sí, claro.

Mientras Enrique se lavaba las manos pensó que a Jana le pasaba algo. Ella no era así, aunque hacía años que no la veía. Era jovial, alegre, presumida, sí, muy presumida y femenina, dinámica y ahora la encontraba ausente, apática. Quizá estaba enferma pero no se atrevía a preguntarle;  prefería esperar y ver qué le contaba ella. La verdad es que se sentía nervioso, a la vez que contento y emocionado y no sabía por qué. Tal vez era porque ella siempre le gustó.

Mientras Enrique se secaba las manos, le vinieron a la mente un montón de imágenes. Recordaba los años pasados en los que vivieron tantas cosas juntos.

Pensó en lo guapa e inteligente que era cuando iban al colegio. Ahora se daba cuenta de que habían tenido mucha complicidad, se protegían mutuamente, se adivinaban en ocasiones el pensamiento y se reían y se lo pasaban muy bien juntos.

Cuando Enrique se marchó a estudiar a la universidad en otro estado, lejos de su casa, al principio se escribían pero, por dejadez y por las ocupaciones de los estudios, cada vez las cartas eran menos frecuentes hasta que dejaron de tener contacto. Pasado un año Enrique quiso retomarlo, pero al final no lo hizo y ella tampoco, cortándose definitivamente la comunicación hasta el día de hoy. La vida le había dado una gran sorpresa al reencontrarse con ella y necesitaba saber qué le pasaba y estar cerca de ella.

Sin embargo, lo que no entendía era que se hubiera casado con Pedro. Nunca vio que tuvieran interés alguno en compartir algo juntos. Pedro era, para él, un tipo más bien soso y no muy espabilado. Sentía no haber tenido el valor de decirle que ella le gustaba y que la quería… pero los estudios le habían absorbido mucho tiempo. De todas maneras habían sido buenos amigos.

De camino de vuelta se paró unos segundos y la observó. Estaba quieta, miraba a través de la ventana como si no existiera el tiempo para ella.

—Ya estoy aquí, Jana, ¿qué mirabas?

—Nada importante, a la gente que pasa. Cuéntame tú, Enrique, ¿a qué te dedicas?

—Bueno pues...terminé ingeniería industrial y ahora me ha salido la oportunidad de venirme a vivir cerca de mis padres y hace poco que llegué. Tengo una relación con una mujer desde hace dos años y tenemos previsto casarnos el próximo verano.

—Bien, bien…, —dijo Jana.

—¡Cuánto te he echado de menos, Jana! ¡No lo sabes bien! Cuéntame algo de tu vida.

—Sí, yo también me acuerdo mucho de los viejos tiempos y de lo bien que lo pasábamos y lo felices que éramos todo el grupo de amigos.

A Jana se le humedecieron los ojos y buscó en el bolso un pañuelo que no logró encontrar.

—Jana, ¿qué te ocurre? Cuéntame…

—No te preocupes, ya se me pasará… Últimamente me emociono por nada.

—¡Claro que me preocupo! ¡Quiero ayudarte! Por favor, dime qué es lo que te pasa.

Jana se daba cuenta del interés y del cariño que le estaba mostrando Enrique y que con Pedro, su marido, no tenía. Su llanto se desbordó y le aumentó la agitación. Enrique se acercó a ella y la abrazó con todas sus fuerzas dándole suaves masajes en la espalda. Intentaba calmarla con sus palabras y ánimo hasta que poco a poco se repuso de la emoción.

—Ahora, Jana, no me puedes ocultar que te pasa algo. Quiero estar a tu lado y ayudarte. ¿Qué tal con Pedro? ¿Eres feliz?

—Bien..., bien.

—Jana, mírame a los ojos y no bajes la cabeza.

—No sé cómo decírtelo… A Pedro le veo poco… En realidad, tengo la certeza de que tiene una amante. Una mujer que trabaja en su equipo, que le acompaña a todas partes. Yo estoy la mayor parte del tiempo sola.

—Deberías hablar con él.

—Lo intento, pero no lo consigo. Desvía la conversación.

—¿Quieres que hable yo con él?

—No. No lo hagas. No hace falta. Estos días estoy digiriendo todo lo que me ha pasado y es muy duro. Lo que me duele es que no sea sincero y que no me diga la verdad. Se comporta como un cobarde. Hace dos meses que estoy haciendo terapia después de enterarme de su infidelidad. El tratamiento me ha hecho abrir los ojos y salir de la burbuja en la que entré el día que me casé con él, dejando que me comprara con regalos y mentiras, que por suerte ya están desveladas.

—Y él, ¿qué dice de tu terapia?

—No sabe nada. No lo hubiera permitido. Voy a escondidas porque controla todo lo que hago durante el día.

—Siento que lo estés pasando tan mal. Recuerdo que tú eras una persona fuerte, con muchos chicos que iban detrás de ti y que a mí me gustabas… Sí, es verdad, me gustabas tanto que no me atreví a decírtelo.

Sonrieron los dos.

—Pero nunca me dijiste nada de que te gustara.

—No, yo pensaba que tú lo sabías y no me hacías caso. Pero…, lo que no entiendo es cómo Pedro ha podido tener profesionalmente tanto éxito si le daba miedo hasta de hablar.

—Es verdad. Yo le he ayudado mucho. Sí, así es, por eso creció, por mi apoyo y el conocimiento que le aporté. Sin embargo nunca quiso que yo trabajase.

—Ahora entiendo. Ha crecido él disminuyéndote a ti, porque te veo muy diferente. Pero de esto tendrás que aprender. Como yo de dar por supuesto que sabías que me gustabas.

—Es verdad, tienes razón Enrique. Ahora lo entiendo todo mejor. Y ¿sabes una cosa? La próxima semana celebramos nuestro aniversario y nos iremos de viaje. Pedro dice que me dará una sorpresa. Yo espero que en este viaje me diga la verdad, aunque por las pruebas que tengo mi decisión está tomada.

—Pero no entiendo… Entonces, ¿por qué quieres irte de viaje con él?

—No lo sé; quizá necesito una explicación sincera o quizá me lleve una decepción mayor.

—Jana, me gustaría estar a tu lado y ayudarte. ¿Me dejarás?

—Desde luego que sí.

—Si me necesitas para algo, llámame. Toma mi tarjeta con mi dirección y teléfono.

—¿Dónde iréis?

—No sé. Dice que es una sorpresa.

—Llámame desde donde estés y si me necesitas iré a buscarte. Quiero que cada día me digas cómo te sientes.

—Gracias Enrique; así lo haré. Ha sido para mí un bálsamo el encontrarte, de verdad. Estos momentos que he pasado contigo me han ayudado muchísimo y te lo agradezco. Yo también te he echado de menos estos años.

—De todas maneras, Jana, creo que deberíamos quedar dentro de unos días para ver cómo estás.

—No es necesario Enrique. No te preocupes.

—Por favor, dame la oportunidad. Siempre hemos sido amigos, ¿por qué ahora vamos a dejar de serlo? ¿Nos vemos dentro de una semana? Aquí mismo, en esta cafetería.

—De acuerdo.

—Gracias, Jana.

Se fundieron nuevamente en un abrazo. Enrique le dio un beso en la frente y ella se sintió reconfortada y querida.

Había pasado una semana y él tenía muy claro que no quería volver a perderla. Jana, por su parte, estaba muy confusa pero se alegraba de haberle visto aquel día que tanto cariño y comprensión necesitaba. Se encontraron a la hora prevista en la cafetería. Jana llegaba contenta. Enrique se quedó un poco sorprendido con el falso cambio de su apariencia.

—Jana, pareces contenta, ¿qué tal estás?

—Hola Enrique, mejor. Quizá es porque Pedro llegó hace dos días y mañana a las doce tomaremos el vuelo. El destino no me lo ha dicho.

Enrique la miraba observando todos sus movimientos y algo no le encajaba.

—Jana, confío en que no te reprimas en llamarme a cualquier hora del día si necesitas algo. Y…, ¿estás segura de que quieres ir a ese viaje?

—A veces lo he dudado, pero ya está tomada la decisión. Será definitivo… Creo que sí.

—Definitivo… ¿para darte cuenta de qué? ¿Para eso tienes que hacer un viaje?

—Por favor Enrique, no me lo pongas más difícil.

—Perdona, no debo interferir en tu libre albedrío con mis impulsos. Pero prométeme que sabré de ti durante el viaje.

—Te lo prometo. Ahora he de marcharme.

Se dieron un abrazo. Enrique no deseaba apartar sus brazos de ella y fue Jana quien se tuvo que separar de él.

Al día siguiente estaban a punto de salir de casa cuando el teléfono de Pedro comenzó a sonar. Él estaba inquieto y miraba su reloj. Apagó el móvil y fueron hacia el taxi que les estaba esperando en la puerta. Jana le miró y le preguntó por qué no contestaba al teléfono. Él no le respondió. En esos momentos ella estuvo a punto de sacar su maleta y dejar que se fuese solo, pero al final decidió subir al coche.

Media hora dentro del taxi. Pedro miraba por la ventana y no le dijo ni una sola palabra hasta llegar al aeropuerto, momento en el que preguntó al conductor cuánto era el recorrido. Se acercaron al mostrador para tramitar los billetes y pasaron a la sala de espera. La cosa seguía seria. Jana estaba a punto de estallar debido a la situación tan absurda en la que se encontraba. Fue entonces cuando pensó en los consejos de Enrique y se dijo a sí misma: “¿para darme cuenta de la estupidez de estar con este hombre he de hacer un viaje con él?”.

—Pedro, dime una cosa. ¿Vas a estar todo el viaje así?

—¿Cómo? Perdona, pero les dije que no me llamaran del trabajo y ya ves.

—No veo por qué  no te han de llamar del trabajo. Lo que no entiendo es por qué no contestas y te pones de mal humor.

Al poco rato comenzaron a entrarle mensajes en el móvil. Al principio pasaba de mirarlos pero, pasado un rato, no pudo resistir leerlos. Jana aprovechó que Pedro estaba concentrado en ellos para colocarse detrás de él y poder leer de esta manera algunas palabras. Con firmeza se colocó delante de él y le dijo:

—Déjame ver los mensajes.

Él levantó la cabeza y la miró sorprendido por su reacción.

—¿Cómo dices?

—Que me dejes ver los mensajes que estás recibiendo.

—De ninguna manera.

—¿Tienes algo que ocultar? Creo que aquí sobra alguien. Menos mal que me he dado cuenta antes de subir al avión porque menudo viaje me hubiese esperado…de amargura. ¿A estos extremos has tenido que llegar, cobarde?, —le dijo Jana.

A Jana se le caían las lágrimas y se sentía ingenua por haber pensado que algo podría haber cambiado. Estaba destrozada por la manera en la que la estaba tratando. Él, por su parte, esbozó una estúpida sonrisa.

Cuando Jana notó esa risa cobarde, alzó la cabeza, sintiéndose impotente para manejar la situación y mientras la bajaba y comenzaba a abrir los ojos, vio la figura de Enrique a lo lejos y pensó: “es él o es un espejismo… ¡Oh, Dios mío, cuánto me gustaría que fuese él de verdad!”. La figura se acercaba más y más mientras que ella se desconcertaba por momentos.

Pedro la miraba mientras se preguntaba: “¿y ahora qué le pasa?”.

Finalmente se dio cuenta de que era Enrique y le gritó:

—¡Sácame de aquí! Mientras corría hacia él.

Enrique le abrió sus brazos.

Pedro se quedó asombrado al ver la reacción de Jana hacia aquel hombre al que había tratado de una manera muy familiar. En esos momentos no supo de quién se trataba.

Mientras las siluetas de Enrique y Jana iban desapareciendo de la vista de Pedro, él no sabía qué hacer. Miró hacia el mostrador, pero la azafata no estaba. De nuevo se sentó en el banco a mirar los mensajes. Pulsó el botón del móvil para hablar por teléfono pero comunicaba.

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