A la sombra de un árbol

—Siéntate aquí a mi lado, Juan. Hazme un poco de compañía. Después de la siesta que has hecho, sienta bien esa raja de sandía que te estás comiendo, ¿verdad?

—Sí, abuela. Está muy buena. ¿Qué haces?

—Coser, hijo, coser la ropa que usamos. Tu abuelo rompe mucho los calcetines. Cada día tengo que zurcir alguno. No podemos gastar mucho dinero en vestimenta. También tu madre me trae algunas cosas tuyas, sobre todo pantalones rotos por la rodilla, de tanto arrastrarte jugando por el suelo. ¿Ves? Esos que llevas puestos te los arreglé yo, te puse unas rodilleras para que te durasen más tiempo.

—Abuela, ¿qué hacías tú cuando eras como yo?

—Hijo mío, a mí me tocó vivir tiempos duros. A tu edad, ya estaba trabajando de sol a sol con tu bisabuelo Mariano, el pobre, que en gloria esté. ¿Ves todo aquel campo? Allí íbamos a segar el trigo. Cuando amanecían los primeros rayos de luz nos levantábamos. A media mañana mi madre nos traía el almuerzo, unas sopas de tomates del huerto, ¡qué buenas que estaban! Al mediodía nos marchábamos a comer a casa y a descansar un rato. Después de hacer la siesta, partíamos de nuevo a la tarea hasta que se ponía el sol. Cuando llegábamos a la vivienda, lo único que queríamos era cenar y acostarnos. En aquellos entonces también se trabajaba los sábados y domingos; solo celebrábamos la Fiesta Nacional, la romería y el espectáculo taurino del pueblo que se hacía en verano. Eran pocos días, una semana escasa.

Juan escuchaba con mucha atención mientras su abuela le seguía contando:

—No se me olvidará jamás aquel día de verano, cuando yo tenía dieciocho años y estaba aquí mismo sentada. Había cogido un morral lleno de bellotas para los animales y en aquel preciso momento se acercó tu abuelo y me dijo: “¿Te quieres casar conmigo?”. Yo me puse roja y salí corriendo, pues en aquella época no estaba bien visto hablar con hombres. Al día siguiente, estuvo en casa y habló con mi padre, tu bisabuelo, y a partir de ese día fuimos novios y al año nos casamos.

El pequeño la miraba expectante.

—¡Ponte en la sombra, hijo!, no sea que cojas una insolación. ¿Sabes? Cuando yo era joven, un día trabajando en el campo, no me puse el sombrero de paja y empecé a tener un gran dolor de cabeza y se me empezó a nublar la vista. Aquella noche tuve mucha fiebre. Mi madre, tu bisabuela Florentina, me ponía paños de agua fría para bajármela. Los síntomas me duraron un día y estuve una semana sin poder ir a trabajar al campo. Desde entonces siempre me tapo la cabeza cuando hace sol, aunque esté bajo la sombra del árbol. Por aquel entonces, teníamos en casa un gato que se llamaba Cheli. No se movió de mi lado durante esos días. El animal sabía lo mal que lo estaba pasando y por la noche, cuando me acostaba, se colocaba a los pies de la cama. Era una cama hecha de madera con un colchón de paja. Yo notaba el calorcito del animal y me gustaba, me sentía acompañada. Cuando me revolvía en el camastro, él se acercaba a mí y me lamía. Yo le devolvía las caricias tocándole el pelo tan suave que tenía.

La abuela de Juan, Julia, miró hacía las ramas del árbol y sintió un escalofrío. Después bajó la cabeza y vio cómo su nieto la observaba con atención. Ella le estaba contando las historias de su pasado con mucho tacto y cariño y estaba sorprendida por el interés que estaba mostrando el pequeño que quería saber más. De inmediato le entraron ganas de contarle la historia que solo ella sabía. Dudaba, era algo muy profundo, eran sus sentimientos. Pero algo, quizá era una fuerza interior o quizá era el momento adecuado, la estaba animando para que lo hiciese. Juan seguía con la miraba fija en ella, quieto, admirado por la conversación que estaban teniendo y esperando que su abuela siguiera contándole más detalles.

—Juan, hijo. Te voy a contar un secreto. ¿Me prometes no decírselo a nadie?

—Te lo prometo, abuela.

El niño le contestó con firmeza y con una inmensa alegría ya que su abuela le iba a revelar algo que era muy importante para ella. Él se sentía orgulloso de ser el elegido, el único al que ella se lo iba a contar. Y, por supuesto, él no la iba a decepcionar.

—Esta encina también supo lo que me pasó aquel día. Cuando mejoré un poco, me vine a sentar aquí con Cheli a la sombra. Me apoyé en el tronco y sentí gotas de agua en la cabeza. Miré hacia arriba y vi como caían de las hojas. Me asusté, era verano y resplandecía la luz. En aquel momento supe que no llovía. Sentí cómo  el árbol me hablaba.

—¿De verdad, abuela? Y, ¿qué te dijo?

—Me dijo: “Estuve triste. Desde aquí sentía tu dolor y me entristecí. Para reconfortar tu cuerpo te envié mi frescura, la absorbí de la tierra con mis raíces y alivié tu espíritu”. Desde entonces cada día lo visito y le doy las gracias.

—¿De verdad, abuela? ¡Qué bonito! Y, ¿podré yo algún día hablar con un árbol como tú?

Ella tenía la cabeza baja y no se atrevía a mirar a su nieto. Se había emocionado tanto explicándoselo que no podía contener las lágrimas e intentaba que el niño no se diera cuenta y lo viviese como si fuera un cuento.

—Abuela, ¿qué te pasa que te has quedado tan callada?

—Juan, me he emocionado. Cuando te lo he contado… ¡Has puesto tanta atención…, has comprendido lo que yo sentía y has esperado muy atento el final! Quiero que sepas que ninguna de las personas mayores me prestó nunca la atención que yo necesité para contar lo que aquel día surgió dentro de mí. Siempre lo mantuve oculto porque pensé que, si lo decía, quizás se iban a reír.

—Pero, abuela… ¡A mí me ha encantado! Y me gustaría que de ahora en adelante me explicaras cosas de las que te han pasado porque son muy interesantes y bonitas.

—Gracias, hijo. ¡No sabes lo feliz que me haces! Así lo haré. Te contaré muchas otras vivencias.

—Y además, abuela… Será nuestro secreto.

Juan se acercó a su abuela y la abrazó con todas sus fuerzas diciéndole que la quería mucho.

Ella, emocionada por la reacción del niño, pensó: “Este es otro momento mágico en mi vida. Mi nieto, Juan… ¡Cómo iba yo a pensar que él podría entenderlo! Ha sido otro día maravilloso e inolvidable”.

Escribe tus ideas
¿Crees que estamos conectados con todo lo que nos rodea?