Vega, después de terminar los estudios en el instituto, les dijo a sus padres que quería seguir estudiando e irse a la ciudad porque en el pueblo tenía poco futuro, excepto conocer a un chico y casarse con él. A ellos no les gustaba mucho la idea, tenían miedo de que le pasase algo. Vega insistió en su propósito y logró convencerlos. Soñaba con aprender cosas nuevas y trabajar en algo que fuese interesante para ella.
Por fin llegó el día en que partió a la gran ciudad. En el trayecto pensaba en todos sus proyectos con mucha ilusión. El tren tardó muchas horas en llegar, más de veinticuatro. En aquella época los trenes funcionaban con carbón y no eran tan rápidos como los de hoy en día. Amanecía cuando el tren empezó a bordear la costa y al mirar por la ventana Vega quedó impresionada. Ella nunca había visto tanta agua, solo en fotos y en películas y era muy diferente verlo en persona. A partir de ese momento se pasó el resto del recorrido, hasta que llegó al destino, mirando el color azul.
Eran las diez de la mañana cuando llegó. Su hermano la estaba esperando. Ambos muy contentos decidieron esa mañana dar un paseo por la ciudad. Cuando paseaban, ella se extrañó de ver a todo el mundo caminando deprisa hacia su destino, sin apenas cruzarse la mirada.
Pasados unos días, se dio cuenta de que, aunque la ciudad era bonita, el ambiente para ella era muy distinto, resultaba frío y se sintió un poco desencantada y a punto estuvo de volver a marcharse al pueblo. Sin embargo, poco a poco se adaptó y consiguió un trabajo por las mañanas en una fábrica de camisas y por las tardes comenzó a ir a una academia para seguir cursando sus estudios. Salía poco. Solo encontraba consuelo estando cerca de una de las personas de su pueblo, Santiago, al que visitaba con frecuencia. Cuando recibía carta de sus padres, lloraba, pero no les decía lo triste que a veces se sentía, porque temía que fuesen a buscarla. Los echaba mucho de menos, así como también añoraba las noches estrelladas y los animales que habían formado parte de su infancia.
Un día de julio, después de su jornada, se marchó a casa. El sol azotaba con fuerza y tenía mucha sed. Abrió la puerta del frigorífico y tomó un vaso de agua. Mientras se humidificaba su garganta sintió la textura del mineral que tomaba y recordó el agua de su pueblo. Valoró lo buena que era y lo bien que sabía, sin cloro, ni otros aditivos, simplemente el gusto a río, a pozo o a manantial. Tenía ganas de ir para beberla.
Comenzó los estudios en la universidad y en verano trabajó para poder pagarse el curso de invierno. Hacía varios años que no había podido ir a su pueblo y eran sus padres los que iban a verla dos veces al año. A los tres años de estar en la ciudad decidió irse de vacaciones a su casa de Santiago. No sabía qué cambios encontraría. En el viaje recordó los acontecimientos de la niñez y pensó: “¿Podré ver a las amigas de las que he perdido el contacto? ¡Cuánto me gustaría para poder recordar viejos tiempos!”. Valoraba su cambio, el haberse podido adaptar al nuevo estilo de vida porque había sido drástico y duro. Sabía que el cariño de su hermano y de su familia le había dado fuerza para seguir luchando hasta que se pudo habituar al ritmo de vida de la gran ciudad.
Cuando llegó a Santiago, los vecinos salieron emocionados a recibirla… la tía Victoria, María, Juliana...
—¿Qué tal Vega? ¡Cuánto tiempo sin venir! Esperamos que de ahora en adelante podamos verte más a menudo.
—¡Qué contenta estoy de veros! ¡Os he echado de menos! —dijo Vega.
Al ver la buena acogida que estaba teniendo se emocionó. Ellos, al darse cuenta de que comenzó a sollozar, quedaron sorprendidos. Se sentían halagados al ver el afecto que Vega les estaba mostrando y el encuentro terminó con un fuerte abrazo.
Le informaron de todos los cambios que habían hecho en el pueblo. Después de escucharlos, Vega, preguntó con impaciencia:
—¿Dónde está la fuente? La que estaba al lado de mi casa.
Sus vecinos intentaron trasmitirle el mensaje de manera suave, para que no sufriera:
—Querida niña, la fuente desapareció. El agua que tanto deseas ya no la puedes beber. Las nuevas leyes cambiaron muchas cosas, unas para mal y otras para bien. Mucha gente protestó para que no desapareciera de su rincón, pero de nada sirvió. Dicen que el agua que bebemos es del mismo manantial pero nosotros sentimos que el sabor ya no es igual. Le hicimos fotos antes de que la quitaran. Si quieres verlas es lo único que nos queda.
Vega, con mucha pena, se marchó pensando que había perdido la conexión con muchas de sus amigas, que aquello ya no era como antes cuando se lo pasaban tan bien, en el paseo, en el baile, con los amigos. Y sobre todo, el agua, que tanto añoraba. Después de una larga meditación, rumió que nada es eterno, que, lo mismo que a nosotros, los humanos, a la fuente también le llegó su día. En ese momento se produjo un cambio en su corazón. Se quedó tranquila y comprendió que todo tiene un comienzo y un final y se sintió feliz con su razonamiento.
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