Admitió su inmovilidad parcial con resignación y aceptó tener que vivir de modo diferente. Prestaba más atención a las cosas cotidianas que cada día le sucedían, como valorar un rayo de luz o una caricia. Se daba cuenta de que estaba encontrando partes en ella desconocidas, quizá porque antes no había tenido la ocasión de descubrirlas, siempre andaba con las prisas y las tareas del día a día.
La puerta de la casa se entreabrió y una voz preguntó si estaba sola. Ella dijo que sí, la asistenta no contaba. Era su amiga Teresa. Tras saludarse se sentaron para desayunar y hablar sobre la situación que la envolvía en esos momentos y de la que Teresa tenía experiencia por haber pasado antes que ella por algo similar.
Sonó el teléfono. En su cara se dibujó una expresión de inquietud, como si deseara tener alguna noticia. Había complicidad con la persona que hablaba al otro lado del auricular.
—Ya sabía yo, Rosario, que podía contar contigo. Los documentos que me has aportado para la investigación son definitivos —dijo la letrada. Hemos esperado muchos meses pero, ha merecido la pena.
—Haré lo que pueda, no sé si el juez me dejará hablar. Si es así, lo único que puedo decir es la verdad.
—Esperemos que sí.
—Según me han explicado, como la organización en la que trabajo es muy poderosa, lo tienen todo apañado… abogados, jueces… y va a ser difícil. Date cuenta de todos los juicios que nos han suspendido por causas injustificadas. Quieren que nos cansemos y lo dejemos. Por otro lado, el otro día te vi hablando con la abogada contraria y francamente me sorprendieron vuestras risitas, parecíais muy amigas.
—Bueno, eso no tiene nada que ver. Cada una defiende a su cliente.
—La verdad, estoy mentalmente muy cansada y necesito relajarme para pensar con más tranquilidad. Prácticamente te lo hemos dado todo hecho. Hemos trabajado mucho Teresa y yo. Tú solo has tenido que revisar unos cuantos papeles para presentar el caso. Todo lo demás lo hemos hecho nosotras y nos cobras como si lo hubieses hecho tú todo. Mañana iremos al juzgado a que nos den explicaciones del porqué no se celebró uno de los juicios.
—¿A qué juzgado? ¿Te llevaba yo entonces el caso?
—No, fue otra letrada a la que tuve que dejar porque su seguimiento fue una estafa y un engaño.
—Bien, pues ya me dirás. Cuando sepa algo te vuelvo a llamar.
—¡Vale! Gracias.
Después de colgar el teléfono comenzaron a desayunar y estuvieron revisando como estaba el papeleo. Ambas estaban recelosas de cosas que sospechaban.
—Teresa, ¿tú qué piensas de esta nueva letrada?
—No sé qué decirte... Creo que debemos espabilarnos por nuestra cuenta porque nunca se sabe. De momento las cosas que hemos ido haciendo a solas nos han ido saliendo bien. Nos han recibido en la institución y también el defensor del pueblo. Pero date cuenta de que hemos tenido que escribir mucho y hacer muchas derivaciones de cartas.
—Sí, es verdad. De momento, con todo el esfuerzo que hemos hecho han salido del puesto las jefas que sabían lo que pasaba y no lo quisieron solucionar porque ellas eran acosadoras encubiertas y, los subordinados, los que lo hacían sutilmente a plena luz, algunos de ellos fueron cambiados de puesto de trabajo.
—Sí, fue un gran paso que las sacaran llevando tantos años siendo directivas tóxicas, creando una telaraña de seguidores para que las protegiesen y no las moviesen del trono, pero aun así salieron por la puerta con la cabeza baja y descubiertas.
Al día siguiente Teresa y Rosario se presentaron en el Juzgado número dos con los papeles de uno de los juicios. Se acercaron al mostrador donde había varias señoritas y que al ver el documento se extrañaron.
—Buenos días, ¿qué desean?
—Queríamos saber el motivo por el que no se celebró este juicio.
—Eso se lo deberían preguntar a su abogada.
—Sí, tiene usted razón, pero si hemos llegado hasta aquí, ha sido porque ella no nos lo aclara.
—Siéntense unos minutos, que lo revisaré.
—¡Gracias!
—Señora, no se celebró porque su abogada se retrasó unos días en presentar una documentación.
—Y, ¿no se puede hacer nada?
—No, señora.
Ambas se miraron a los ojos dándose cuenta de que habían perdido el tiempo y que habían sido engañadas. Cuando hablaron con la abogada para pedirle explicaciones, no sabía qué decirles. Pensaron que podrían denunciarla pero les advirtieron que no perdieran el tiempo porque un abogado no iría en contra de otro. Les dijeron que lo que les interesaba era tener su silla en el puesto de la organización y las personas, para algunos de ellos, eran simplemente un número.
A los pocos días recibieron la gran noticia. ¡Habían ganado un juicio! El de la Agencia de Protección de Datos. Pero en este no existieron abogados porque cuando vieron el documento que había que presentar ante el juez, se asustaban por la gravedad que contenía. Si lo hubiesen querido defender, habría algunas personas de la Institución que saldrían perjudicadas y ese fue el motivo de no quererlo hacer. De manera que lo presentaron Rosario y Teresa y les dieron toda la razón y culparon al contrario.
Llegó el día de presentar el caso ante el Supremo. Al llegar, vieron que estaba allí una de las acosadoras, la que tanto le había hecho la vida imposible injustamente. Su cara estaba distorsionada y no se atrevía a mirar a nadie.
Rosario en ese momento escuchó la voz del odio, de la ira, de la rabia, pero no hizo caso. Lo rechazó y se centró en el otro extremo, en la compasión y el amor. Fue en esos momentos cuando pensó: “En este tiempo he hecho un trabajo interno muy profundo. He dejado de sentirme mal pensando en los que me maltrataron psicológicamente queriendo hundir mi vida por capricho porque no seguía a un rebaño tóxico. Quizá llegué a tal extremo porque yo no estaba preparada para abordarlo a tiempo, es posible, pero yo no podía luchar contra tanta maldad porque dentro de mí no existía la sabiduría para contrarrestarla. He tenido que detenerlo de forma diferente y ha sido duro, muy duro. Muchos días de mi vida se han visto afectados por ello y son irrecuperables. Pero, mirándolo desde otro punto de vista, ha sido una experiencia y de ella he aprendido y he crecido. Muchas de las emociones insanas, que tenía contra ellas por su actitud, las he eliminado de mi vida intentando siempre estar centrada en lo bueno. De todo lo que he aprendido también está el poder ayudar a personas que se encuentren en la misma situación que yo, para darles soporte y orientación. Ahora estoy contenta de mi evolución”.
Pasaron los días y seguía recuperándose. Una mañana cuando despertó se sentó en la cama, cerró los ojos y por su cabeza empezaron a pasar imágenes, unas detrás de otras. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, después de largos meses de lucha por revelar la verdad que querían ocultar, un juez justo sentenció un final feliz y pensó: “A partir de ahora no quiero verme como una mujer abandonada. He de comenzar a organizar mi vida como antes y seguir el curso que deseo”. Entonces salió a la calle, era día de feria, y allí la estaba esperando alguien importante para ella.
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