La señora Rococó

En su niñez no le faltó de nada. Ana tenía media docena de hermanos que la protegieron y la mimaron como a una flor. Los chicos del pueblo la miraban con reservas porque pensaban que era difícil llegar a su corazón y muchos también por falta de valor desaprovecharon la ocasión. A ella le gustaban algunos chicos, pero era tímida y le costaba mostrar sus sentimientos.

Entre todos los mozuelos había un desvergonzado que decidió probar suerte y cuando tuvo la oportunidad, aprovechó la ocasión pensando que, si lo conseguía con ella, obtendría mayor distinción. El frescales, con su labia y vulgar verborrea, consiguió salir con ella y cada día que pasaba se aseguraba más y más su propósito, de manera que, al cabo de un año hablaron con los padres para celebrar su enlace. Una vez casados, en él perseveró el deseo de la aprobación de los demás para todo lo que hacía. Así se sentía más satisfecho. Le gustaba presumir de su mujer porque tenía estilo y clase. Le compró joyas, casi todas con el dinero de ella. La persuadió y convenció para hacer un cambio de imagen. Le cambió su estilo de vestir, hizo que se tiñera el cabello de color dorado, consiguió que se maquillara y se pusiera uñas postizas en pies y manos y hasta logró que se colocara un lunar falso en la cara. Tenía tanta decoración que, cuando salía de casa, parecía el Poseidón. Frenó, al mismo tiempo, la relación con su familia y amigas. Le bajó su autoestima para subirse él la suya. Sí, el chico tenía arte para manipular la mente de la mujer, que hacía poco, se había convertido en su esposa. Ana llevaba el cambio con resignación y poco a poco digería lo que le estaba pasando. Algunos años habían pasado cuando ella se dio cuenta de que no la quería de corazón y de que la estaba utilizando para subir su posición. Ana decidió retomar entonces sus relaciones perdidas, las que le llegaban al corazón y que poco a poco la ayudaron a ver con otra perspectiva su vida. Llegó un día en el que ella se hartó, quería ser como siempre, natural. Eso a él no le gustó y ella se desencantó aún más, aunque no se sorprendió y
comprendió lo innoble que era su marido. Fue en ese instante cuando pensó:
“¿cómo he podido dejarme engañar de esta forma tan brutal? ¿Con quién he estado durante estos años de mi vida? Si me ha tenido como a una una marioneta en sus manos…

 ¡Oh Dios mío! ¡Ayúdame! Dame fuerzas para poder terminar con esta situación”.

Levantó la cabeza, lo miró fijamente y sin vacilar le dijo:

—¡Vete ahora mismo de esta casa! ¡Vete! Ya no te quiero.

—¿Cómo? Pero, ¿qué estás diciendo?

—Lo que has oído. ¡Vete ya! Esta casa es mía. Aquí no tienes nada.

Él se estiró alzando la cabeza, mirándola por encima del hombro y le dijo con chulería:

—Yo sé que me llamarás para que vuelva contigo y…, quizás sea tarde si ahora me haces cruzar la puerta.

—¡Vete!

¡Pobre hombre! ¡Cómo le cambió la vida por no valorar a la mujer que tenía!

Ana inició una nueva etapa, con la cara limpia y el cuello, las muñecas y los dedos despejados. Un día cuando iba paseando por la calle con un sol radiante, se encontró con un amigo. Le miró pero él pasó de largo y no la saludó. Se sintió desilusionada pero pensó que ella tampoco lo saludaba cuando iba por la calle con su marido. Fue entonces cuando decidió ir tras él y cuando llegó a su misma altura le dijo:

—Juan… ¿Quién soy?

—No sé. Bueno…

—Sí, soy yo, Ana —dijo ella.

—Pero, ¿cómo? ¿Tú? —exclamó él asombrado.

—Sí, yo.

—¿Qué te has hecho? ¡No eras así cuando te veía con tu marido! —replicó él.

—Ya lo he dejado.

—¿Cómo? ¿Por qué? Bueno, no sé… ¿Cómo pudiste…?

—¿Casarme con él? ¿Aguantar tanto? Sí, me equivoqué. Tiene mucha labia, creo que es lo único que hace bien. Yo era muy ingenua, no tenía experiencia y no había estado antes con ningún otro hombre.

—Estoy contento de que por fin te hayas podido dar cuenta. ¡No sabes cuánto!

—Hoy no quise ni maquillarme ni ponerme los adornos que siempre llevo.

—¿Por qué? —preguntó—. Estabas guapa. Aunque así lo estás más.

—Ya no los quiero. Tú me ves bella por fuera, pero no por dentro.

—Siempre quise decirte que eras para mí la más linda del pueblo, pero nunca me atreví. Ahora creo que es el momento. Tú te has sincerado conmigo y eso me ha ayudado a expresarte lo que siento.

—Deseo que de ahora en adelante —dijo Ana— me hables de tus sentimientos. Necesito saberlos.

—Si tú lo deseas, yo lo anhelo —dijo él.

A partir de entonces, Ana retomó su vida de forma diferente y con otros planteamientos. Juan la valoró y apoyó en todo lo que ella deseaba hacer y pudo realizarse y mostrar la parte tan brillante que tuvo reprimida en la otra etapa de su vida. Con su experiencia valoró muchas otras cosas y ayudó a muchas mujeres inmersas en el mismo problema a salir de la situación.
Sin embargo, el descarado comenzó a buscar otra víctima, pero en los alrededores ya le conocían y las mujeres huían de él. De manera que tuvo que irse lejos, donde nadie supiese nada de su vida, para tener un nuevo comienzo.

Escribe tus ideas.
Cuando nos damos cuenta de que nos hemos equivocado...¿hay que ser valientes para cambiar la situación? ¿Crees que nunca es tarde para rectificar?


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