Thor

A Thor, el dios del trueno, se le conocía por tener una figura corpulenta y grande, los ojos rojos y el cabello y la barba pelirrojos. Su arma era el martillo y su misión la de mantener a salvo y en orden el mundo de los dioses y de los humanos combatiendo contra los gigantes.

Había un navío pirata en alta mar que esperaba desde hacía tiempo que apareciese “El trueno”. Ellos hubiesen querido apoderarse de él y de todo lo que poseía. Tenían la certeza de poder conseguirlo puesto que cada día eran más hábiles, tenían más destreza en sus propósitos y se habían convertido en piratas expertos. El reto era difícil, porque el trueno era fuerte. Una de sus estrategias era la de buscar una serpiente con poderes para que les ayudase a vencerlo.

Anochecía y el vigilante desde el mástil gritó:

—¡Fragata!

El capitán al oírlo se colocó los prismáticos en los ojos y se dio cuenta de que tenía delante lo que tanto deseaba
desde hacía tiempo encontrar y pensó: “Es él, sin duda, veo en su popa como destaca el majestuoso dios del fuego. Por fin apareciste ante mí y pronto tendré tu poder”. Los marineros estaban atentos, miraban al capitán y esperaban sus órdenes. Se les notaba sobrecogidos por el silencio de su jefe que se quedó sin reaccionar y alguno de ellos dijo:

—¡Capitán!

—¡Alerta todos! Ahí está. Ya sabéis lo que tenéis que hacer. Lo hemos ensayado muchas veces y no quiero fallos.

Los avasalladores hablaron enseguida con la serpiente gigante para que se lanzase al agua e hiciese su trabajo. Ella alzó la cabeza y comenzó a desenrollarse. Sus cinco metros de longitud imponían. Se ocultó bajo el agua y los dos barcos se aproximaron. No se oía nada y pensaron que el reptil lo tenía todo controlado.

Cuando los tripulantes de Thor vieron cómo el reptil se deslizaba ágil y seguro por las paredes del navío, comenzaron a gritar horrorizados y a luchar, pero ella tenía mucho poder y comenzó a tirar a algunos al agua y a los que salpicaba con el veneno que expulsaba por su boca los mataba y caían al suelo sin vida de manera fulminante. Tras largo tiempo de lucha, los pocos que quedaban, desesperados, se tiraban al mar. El dios del trueno le hizo frente y luchó contra ella. Thor llevaba puesto el cinturón mágico que duplicaba su fuerza para contrarrestar a la víbora, pero necesitaba algo más. Buscó su martillo, pero ella con mucha destreza en sus movimientos le dio un golpe y se lo tiró al mar. Thor no se rindió y siguió la pelea desprendiendo por todo su cuerpo el magnetismo que le quedaba y siguieron la difícil pelea, pese a que ambos estaban agotados. Por la mente de Thor en aquellos instantes pasó el utilizar la energía eléctrica del corazón, así que abrió los brazos y gritó, mientras de su caja torácica salían rayos de luz que iluminaban y cegaban al reptil. Aunque la debilitó, seguía la lucha, pero con nivel bajo para los dos. Poco después apareció Freya.

Freya, diosa de la belleza y el amor, estaba enamorada de Thor. Hacía tiempo que no sabía nada de él y se preocupó. Quizá fuera telepatía o alguna fuerza desconocida del universo, quién sabe, pero le enviaron alguna señal que la hizo inquietarse, de manera que decidió ir en su búsqueda y se convirtió en halcón. Estuvo durante varios días volando por tierra y por mar sin saber en qué lugar podría encontrarlo, dejándose guiar solo por su intuición. Un día, cuando estaba a punto de anochecer y volaba sobre el mar, vio que algo brillaba y desprendía destellos sobre el agua, parecían relámpagos. Descendió un poco y no tuvo dudas al pensar que lo que flotaba era el martillo de Thor. Lo atrapó entre sus garras y se lo mostró. Thor, agotado y sin apenas fuerzas, lo atrapó con su mano derecha y alcanzó a darle un golpe seco al traidor, terminando así con el reptil que comenzó a deslizarse sobre las aguas hundiéndose para siempre. Freya descendió de las alturas hasta el navío y se convirtió en la bella mujer que consoló a Thor.

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