Atrapada

Despertó muy temprano, como siempre. Pulsó el interruptor que había sobre la mesita de noche para encender la luz. Allí había una foto donde estaban ella y dos gatitos que tenía. Se veía guapa y pensó en la diferencia que había entre como estaba antes y como se encontraba ahora.

—¡Dios mío! ¡Ayúdame a salir de esta cárcel! Quiero ser como antes, alegre, feliz, jovial y deportiva —dijo en voz alta.

Abrió la ventana y miró al horizonte. Todavía no habían salido los primeros rayos de sol. Decidió sentarse en el sillón que estaba frente al cuadro que la relajaba y la ayudaba a meditar. Pero aun así, el problema la interrumpía constantemente.

Intentaba digerir la manera de afrontarlo y poder salir de la situación que hacía meses padecía y que la tenía alejada del mundo.

El fantasma ocupó la casa de Carol y bloqueó su vida. Le robaba la energía de su cuerpo y apenas salía de casa. Cada día conversaba con él.

—¿Por qué cada día cuando me despierto me recuerdas lo mismo? ¿Qué quieres de mí? –dijo Carol.

—No me gusta que hables con nadie. Quédate en casa. Así yo puedo estar a tu lado; de lo contrario, me encuentro solo –dijo el fantasma.

—¿Cómo puedes ser tan egoísta? Mis terapeutas me aconsejan que salga a la calle. Necesito que me dé el sol, estar con mis amigos y con mi familia.

—Ellos te aconsejan mal. Te dicen que no te preocupes del problema, que te diviertas y vivas la vida. Pero…, ¿qué pasa con el acoso que te hace tu jefa en el trabajo? Sí, el mobbing y el vacío de tus compañeros que miran hacia otro lado y ni siquiera te ayudan. ¿Ya no te afecta? Yo te escucho siempre y estoy a tu lado.

—¡Claro que me afecta todo lo que me hacen! ¿Y tú? ¿Qué haces tú? ¿En qué me ayudas? Ahora ya lo veo. Antes no me daba cuenta. Eres un monstruo y me quieres asustar.

Un día el fantasma la debilitó tanto que se desmayó. Su cara palideció y permaneció dormida varios días. Durante el letargo tuvo un sueño en el que se le apareció un ángel. Se sobresaltó, pero no despertó en ese momento. Allí estaba el fantasma, vigilándola, con ansia de que abriera los ojos para seguir alimentándose de ella. Él veía que Carol se recuperaba descansando, su cara había recuperado el color rosado y él aun la deseaba más.

El ángel la protegía durante el letargo y habló con ella.

—Carol, no te asustes. Soy tu guardián. Siempre estuve a tu lado, pero no me sentías ni oías. Decidiste escuchar al fantasma.

De ahora en adelante, te enterarás de lo que te pasa y harás lo correcto para liberarte de él. Debo avisarte de algo importante que debes hacer sin vacilar: Cuando despiertes, tienes que marcharte de la casa, sin escuchar lo que te diga el fantasma. Comienza para ti una nueva etapa. Sé libre y deja que te sorprenda la vida.

Poco a poco abrió los ojos y vio que el fantasma la miraba fijamente y comenzaba a hablarle pero ella solo oía al ángel.

Tambaleándose llegó hasta la cocina y tomó un vaso de agua. Decidió subir a la habitación. No sabía si podría llegar, estaba débil, pero recordó lo que el ángel le había dicho: “Vete de la casa, vete ya, no cojas nada, no subas a la habitación, ¡vete!”.

Se quedó unos minutos en suspense pero obedeció. Dio media vuelta y cogió las llaves del coche.

A punto de subirse en él, vio que el fantasma estaba en la ventana de su habitación, llorando, se quedaba solo y moriría de inanición. Tenía el visillo de color blanco pálido corrido hacia un lado del tragaluz. Carol pudo ver el cuadro que tanto quería y que la ayudó a relajarse, pero no pensó en subir y recogerlo. Quizá ya no lo necesitaba y quería disfrutar de un nuevo paisaje.

Carol se alejaba del portal de la entrada con las llaves del coche en la mano y se giró para hacer un rastreo con la última mirada. El fantasma seguía allí, pero ya era tarde para convencerla. Antes de sentarse en el coche fijó su mirada en él y le dijo:

—No me das pena, eres un vampiro, vete a tu tumba. Jamás volverás a alimentarte de mi ser.

Escribe tus ideas.
Confía en ti y escúchate y tu guía te ayudará… ¿Crees que todos tenemos un guía que nos orienta?

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