El secreto

“¿Cómo es posible que me hayan quitado a Tobby? ¡Lo quiero tanto! Era mi compañero... Si me ponía a estudiar se echaba a mi lado y me miraba, y yo me sentía siempre acompañado. Cuando llegaba del colegio, salía al portón a recibirme moviendo la cola insistentemente y yo le correspondía con una caricia. Yo siempre sacaba buenas notas y aun así lo han separado de mí. Sí, mis padres me lo han quitado diciéndome un montón de mentiras, como excusa han dicho que les molestaba, que ensuciaba el jardín y la casa. No sé qué habrán hecho con él ni a quién se lo habrán dado… Ahora están preocupados porque he dejado de hablar y no saben a qué colegio llevarme. El médico les ha aconsejado que me internen en un centro en el que haya otros niños con el mismo problema, en un colegio donde hagan terapias con animales. Mis padres no saben que los animales hablan, en otro idioma, pero hablan. Además, los mayores piensan que son menos inteligentes, pero yo no me lo creo”.

Después de varias conversaciones con el personal médico del centro, sus padres deciden dejar a Álex un mes interno y después... que los médicos valoren si seguir con ese tipo de terapia. Cuando se lo comunicaron al chico, no puso ningún tipo de resistencia, todo lo contrario, le dijeron que estaría con animales y eso le gustó. Aunque no lo demostró, sí hizo un gesto con la cabeza aprobando la decisión.

Llegó el día del cambio y, la noche anterior, Álex no había podido dormir. Hubiese sido una suerte si Tobby hubiera estado allí. Eran las nueve de la mañana cuando llegaron al centro. Una señora muy amable les acompañó para que dejaran el equipaje en la habitación. Los padres preguntaron a Álex si aquel lugar era de su agrado pero él no contestó. No le vieron triste ni preocupado por quedarse allí y se marcharon tranquilos.

En pocos días Álex se familiarizó con el espacio y el personal. Estaban contentos con él porque no les daba problemas. Tenía mucha empatía con el cuidador de los delfines y el resto de los niños le eran indiferentes.

Presentía que iba a encontrar a Tobby y, por esa razón, andaba todo el día atento a su entorno. Le entregaron un cuadrante de los animales con los que tenía que estar. Había muchas clases, grandes y pequeños. Los monitores observaban los gustos y afinidades de los niños.

Habían pasado varios días y Álex se encontraba satisfecho de cómo transcurría el tiempo. El día había sido intenso y estaba en la cama meditando sobre lo que había hecho: “Hoy martes estuve con Pepe, el caballo andaluz. Me lo paso mejor que haciendo matemáticas en ese colegio de niños especiales al que mis padres decidieron llevarme antes que a este. Debo tener cuidado para que no se den cuenta de que no hablo porque estoy enfadado. Pepe me cuenta historias de los cortijos de Andalucía y yo a él le confieso que estar con mis padres me aburre y que ahora, para ellos, soy un problema porque le dicen a sus amigos que no saben qué hacer conmigo. Los jueves me toca nadar con Paolo, un delfín que está en el estanque. Me gustaría estar todo el día con él... Me ha enseñado a nadar y tanto mis padres como todos los demás no entienden cómo he aprendido a hacerlo. ¡Qué sabrán ellos! Se piensan que lo saben todo, pero no conocen el idioma de los animales y yo sí. Jorge es el entrenador de los delfines. Con él hablo un poquito, pero le he pedido que no revele mi secreto a nadie porque no volvería a verme más. Me gustaría ser como él y poder estar todo el día con los cetáceos. Paolo es de Brasil y me ha dicho que le encantaría que aprendiera a hacer acrobacias con él y también que hiciéramos los espectáculos juntos. Yo le he dicho que sí, pero que tengo que esperar un tiempo para poder decidir por mí mismo lo que quiero hacer sin que mis padres puedan interferir en mis decisiones. El entrenador me ha dicho que cuando yo quiera me hará su ayudante”.

Había pasado ya un año y Álex muchas tardes se sentaba encima de una piedra que había cerca de la cuadra de los caballos y veía cómo los cuidadores limpiaban el pesebre y ponían la hierba. Respiraba profundamente el olor a campo y se sentía pleno al ver el paisaje con sus árboles. Llevaba una libreta donde anotaba cosas. Algunos fines de semana le apetecía ir a casa de sus padres pero siempre tenían discusiones cuando llegaba él. Eso a Álex no le gustaba y se sentía mal, así que decidió ir a casa de su abuela. Sus padres cuando querían verlo se acercaban al centro.

“Ahora que vivo con mi abuela estoy más tranquilo. Pronto podré trabajar y comenzaré a hablar, y ya me dará igual que se enteren. Con la abuela me entiendo mejor y hablo algunas palabras. Un día le hice chantaje y me dio una pista para saber qué hicieron mis padres con Tobby, pero no sé si podré encontrarlo; aunque quizá él no se acuerde de mí. Sin embargo, tengo que salir de dudas…

Un día decidí averiguar si podría encontrar a Tobby y me acerqué a una perrera. Entré y pregunté pero no me hicieron mucho caso. Una niña que estaba con su gato me explicó que lo había comprado allí mismo y que había escogido la raza que había querido porque tenían un fichero con fotos de todos los animales para poder elegir mejor lo que se quería. Fue entonces cuando le dije al dueño de la perrera que me dejara ver el archivo porque estaba interesado en comprar un perro. Busqué en el registro y fue una gran sorpresa para mí ver que allí estaba Tobby y también la dirección de la persona a la que se lo habían vendido. Pero estaba tan lejos que no podía ir a verlo. Pobrecito… ¡Qué mal lo debió pasar! Igual que yo...

Habían pasado un par de años y seguía allí porque mis padres veían que mejoraba y ellos estaban tranquilos. Uno de los días en que hice acrobacias con Paolo, el espectáculo fue tan increíble que hasta salió en el periódico, y también salió mi nombre. Los amigos de mis padres llamaron para felicitarles pero ellos estaban avergonzados, no sabían qué decir porque ni siquiera me habían visto hacer un número con Paolo. De inmediato vinieron a casa de la abuela para llevarme de vuelta con ellos. Me puse a llorar. Ese día me escapé mientras mis padres discutían con la abuela. Me escondí y no me encontraron.

Cuando salí del escondite, mi abuela y yo nos miramos y comenzamos a reír a carcajadas. A partir de ese día empecé a hablar con ella. Con mis padres hice las paces al cabo de un tiempo, pero ya nunca volví a vivir con ellos.

Y por fin llegó el día que tanto deseaba: trabajar con los cetáceos. Cuando ahorré suficiente dinero le dije a Jorge que deseaba encontrar a mi perro. Él me acompañó. Lo localizamos en casa de una familia y, después de hablar con ellos, nos llevaron a donde estaba Tobby. Antes de llegar junto a él olfateó mi olor y corrió hacia mí. Alzó sus patas delanteras y yo lo abracé llorando. Él también aullaba. Los dueños, conmovidos por la escena, entendieron que tenía que volver conmigo. Ahora Tobby es mi compañero de aventuras. Está bastante mayor pero aún tiene fuerzas para llevar en su hocico la cesta de pescado que tiramos a los delfines durante la función”.

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