Detrás del matorral

Eran tiempos duros en España. La familia Rodríguez tuvo que marchar del pueblo a trabajar en las plantaciones del tabaco. Julia, la hija menor de ocho hermanos, todas las mañanas llevaba el almuerzo a su padre y a su hermano mayor. Ellos estaban entre los surcos, descalzos, regando el plantío. Mientras descansaban para comer, Julia se acercaba al río. Un día mientras avanzaba entre los matorrales para ver el agua, oyó unos gemidos y se quedó quieta, escuchando. Buscaba con la mirada entre los troncos y vio cómo un hombre y una mujer estaban abrazados, movían los brazos y las piernas, se acariciaban el pelo y comenzaron a quitarse la ropa mutuamente. Julia pensó que era como una película de la televisión. Aunque estaba nerviosa, seguía mirando, hasta que oyó la voz de su padre:

—Julia, ¿dónde estás?

—¡Aquí, padre! Entre los matorrales. Cogiendo moras.

—¡Ven aquí! Deja de coger moras que puedes caerte al río.

La pareja, al oír la voz de Julia, cesó por un instante de darse cariño y ambos buscaron con la mirada para ver quién estaba cerca de ellos observándolos. Desde lo lejos, el hombre tirado en el suelo le hizo un gesto a Julia. Se puso el dedo índice en la boca durante unos segundos y Julia entendió lo que quiso decirle marchándose de inmediato. Acto seguido se acercó a su padre medio jugueteando para disimular y él no le hizo más preguntas.

De camino a casa pensó: “¿Volveré a verlos? No los conozco, no sé quiénes son. Quizá sean de la otra parte del río".

Durante los siguientes días, Julia se aproximó a las zarzas abriéndose paso entre ellas para poder mirar. De nuevo encontró a una pareja, estaban dentro del agua, desnudos. No sabía si eran los mismos del día anterior. También se abrazaban, se empujaban y jugaban en el agua. A Julia le gustaba verlos así, jugueteando. Entendió mejor lo que hacían cuando el hombre recostó a la mujer en la arena y se colocó sobre ella.

—¡Julia! ¿Dónde estás?

—¡Aquí, padre! Entre los matorrales. Cogiendo moras.

—¡Ven aquí! No me dejas comer tranquilo. Mañana te quedarás aquí quieta.

Julia, de camino a casa, pensó: “¿Qué haré mañana para poder mirar detrás de las matas si no me deja mi padre? Tendré que acercarme al río a escondidas después de que ellos almuercen y reinicien la labor, cuando piensen que me he marchado a casa. Pero si tardo en llegar, mi madre me preguntará que dónde he estado. Lo que haré será mirar poco rato en el río, para no despertar sospechas".

Años más tarde, Julia se casó con Eustaquio y para ella el observar detrás de los arbustos se convirtió en una necesidad. Mientras cavilaba un día, se preguntó : “Le podría decir a mi marido que vayamos a bañarnos al río. No sé que me dirá pero por decírselo no pierdo nada. Lo haré un día que lo encuentre de buen talante y quizá se anime a ser más cariñoso conmigo, que es muy seco”.

—Eustaquio, esta tarde hace mucho calor y he pensado que podríamos ir al río a bañarnos y así nos refrescamos un poco.

—Julia, ¿qué dirá la gente si nos ve ir al río a bañarnos? Date cuenta de que solo va la gente joven, nosotros ya estamos casados y no está bien visto, además tenemos hijos pequeños. No entiendo que me digas esto cuando tú sabes bien que ningún matrimonio como nosotros se va a bañar al río.

—Sí, tienes razón. Seríamos los únicos pero a mí me da igual lo que digan.

—No solo has de pensar en ti. Somos una familia y no sé qué les podrían decir a las niñas. No lo quiero ni pensar.

Su propósito quedó descartado pero ella siguió con la misma costumbre. Le llevaba cada día el desayuno a su marido, como lo hacía con su padre y su hermano mayor. Algunos días tardaba tanto en llegar a casa que una de sus hijas le preguntó:

—Madre, ¿quieres que te ayude y vaya yo mañana a llevar el almuerzo a padre?

—No hija, a él le gusta que se lo lleve yo.

—Pero ayer estuviste toda la mañana para eso, o ¿acaso haces algo más que no sabemos? –preguntó con malicia Ana, la hija mayor.

—Ana, ¿cómo te atreves? A veces me acerco al río y me mojo las piernas que me va muy bien para la circulación.

—Pero, madre, si te quieres bañar las piernas lo puedes hacer con el agua que riega padre el tabaco, mientras él desayuna.

—No hija, no es lo mismo. En el río piso la arena y a las plantas de los pies les sienta bien.

—No sabía, madre, que tuvieses problemas en los pies.

—No, hija, yo no he dicho que tenga nada malo en los pies. Las piernas a veces las tengo muy cargadas, me duelen y el estar un rato con ellas metidas en el agua del río me va bien para la circulación. Pero dime, Ana, ¿por qué tienes tanto interés en que no me acerque al río? ¿Me ocultas algo, hija?

—No, madre, no. Es porque eres la única mujer de la aldea que está todos los días media mañana fuera de casa y…

Una mañana Julia no pudo llevar el almuerzo a su marido y por la tarde comenzó a estar inquieta. Necesitaba ir a mirar y se dirigió allí, abriéndose camino entre los matorrales. El agua estaba como una balsa. Oía risas, gemidos, palabras cariñosas. Veía disfrutar a la pareja, inmersos en su amor. La voz de la chica era conocida para Julia, se parecía mucho a la de su hija Ana. Se impresionó y se asustó, pensó que eran visiones.

Dio media vuelta y se marchó a casa. Desde ese día no quiso ir al río y su hija le preguntó:

—Madre, ¿ya no te gusta ir al río?

—Más adelante iré, hija. El otro día me asusté. Observé algo que no te puedo explicar. Tú estabas esa tarde en casa ¿verdad, hija?, cuando me marché y te dije que salía a pasear un rato.

—Sí madre, estaba aquí en casa. ¿Por qué me lo preguntas?

—Por curiosidad. Es que… mejor otro día hablamos, que ahora tengo que hacer la cena. Hija, ¿anda algún mozuelo detrás de ti? De esas cosas no me cuentas nada.

—Madre, es porque me da un poco de vergüenza. Lo hablo con las amigas, nos contamos nuestras cosas. Pensaba que a ti no te interesaba hablar de ese tema conmigo.

—De ahora en adelante, me gustaría saber qué haces y qué les explicas a tus amigas. ¿Te parece bien?

—Sí. Me gustaría mucho. Yo quería decirte algo, madre, pero no me atrevo todavía. Quizá el mes que viene. Ahora no te quiero preocupar


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Es interesante tener a una persona para hablar de nuestras cosas íntimas, fluímos mejor… ¿Crees que, aparte de los amigos, la figura del padre o de la madre puede cumplir esta función?


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