—Alfredo. ¡Deseaba tanto verte! Te he echado de menos.
Él se sobresaltó y se levantó precipitadamente. Le temblaban las piernas y tartamudeando dijo:
—Seeeñooora…
Alfredo insinuó una reverencia con la cabeza y ella le extendió la mano con un gesto suave para que se la besara.
—Alfredo, busquemos un lugar más íntimo… Mira allí, detrás de aquellos árboles. También deseo besarte y aquí me tengo que reprimir —dijo ella—.
Hablaremos con más tranquilidad y tendremos mayor intimidad.
—¡Señora! Me tiemblan las piernas. Esto me sucede porque cuando la veo me…
—Relájate Alfredo. ¡Vamos! Allí estaremos más tranquilos.
—Sí, sí, como usted diga.
—No me llames de usted. Llámame Josefina, igual que cuando nos veíamos a escondidas en la cuadra de los caballos… ¿Recuerdas el modo tan apasionado con que me hacías el amor?
—Josefina, ¿por qué me hiciste aquello? He sufrido mucho.
—¿El qué? ¡Ah, sí! ¿Hacer que mi marido te despidiera?
—¡Sí, claro! Ni siquiera me advertiste de lo que ibas hacer —dijo Alfredo—. Me utilizaste. Me dolieron las mentiras que le dijiste de mí a tu marido para que me echara del trabajo. Sabes que yo a él le aprecio mucho, es bueno. A ti todavía te amo.
—Alfredo, ¿no lo comprendes? Lo hice por el bien de los dos. El personal de la casa se estaba dando cuenta de que algo sucedía entre nosotros y temía que llegase el rumor a oídos de mi esposo. Recuerda que nos sorprendió el cuidador de los caballos dos veces en la cuadra y seguramente se lo comentó a los demás criados. Pero
no te preocupes, Alfredo, seguiremos viéndonos aquí, en la ciudad, a escondidas. ¿De acuerdo?
—No, eso no. Yo sufriría mucho.
—¿Recuerdas las vacaciones que pasamos en México sin que nadie lo supiese? Tú habías tomado tu permiso y yo le dije a mi esposo que me iba a pasar unos días con unas amigas. Me dijiste que cuando llegaste todos te preguntaron cómo estaban tus padres. También me dijiste que te costaba mentir cuando tenías que decir que habías estado en el pueblo visitando a tu familia.
—¡Claro! Mi deseo hubiese sido confesar a todos que había estado en México con la mujer que amo. Aquello fue maravilloso.
—Si quieres podemos hacer un nuevo viaje a un lugar romántico, lejano, donde podamos estar tranquilos. ¡Cuánto me gustaría! Pero, Alfredo, quiero pedirte un favor. Cuando volvamos a viajar deberás guardar la compostura. Recuerda que nunca sabemos con quién nos podemos encontrar
—¿Qué quieres decir?
—¿Recuerdas la noche en que te embriagaste en México? Esa noche me desilusionaste, me hiciste pasar vergüenza, menos mal que no nos encontramos a nadie que nos conociera y pudiera comprometernos.
—Pero, si nadie nos conocía —dijo Alfredo.
—Por favor, no lo justifiques, que me pongo nerviosa. La compostura se debe guardar siempre. Da igual que no nos conociese nadie, quiero que nos vean señores de categoría.
—Sí, de acuerdo; pero no olvides que tú has sido quien me ha enseñado a apreciar el buen vino y el champán porque decías que beberlo era más elegante y era de señores. ¿Sabes, Josefina? ¡Tú no eres perfecta!
¡También haces cosas que a mí no me gustan! Te niegas a huir conmigo porque no soy de tu nivel social. A mí me da igual ser más joven que tú, no me importa. Sabes que te quiero.
—Alfredo, eres muy desconsiderado. No tienes en cuenta el esfuerzo que estoy haciendo para llevar nuestra relación de una forma agradable para ambos. Debes entender que tú y yo no podríamos estar juntos. Yo no encajo en tu clase social ni tú en la mía. Me dices que huya contigo, pero ¿podrías darme tú los lujos a los que estoy acostumbrada? ¿O acaso supones que yo estaría dispuesta a renunciar a todo por ti?
—¡Y eso qué más da! Tú tienes dinero y puedes mantener todos esos caprichos que necesitas.
—¿Cómo dices? ¡Tú no aceptarías que yo te mantuviera!
—No, eso no lo permitiría. He hablado solo de tus caprichos. No de mantenernos como pareja. Yo lo que sí te puedo dar es todo mi amor. Piénsalo. ¿Ves aquellas palomas? Entran y salen cuando quieren, se sienten en libertad. Yo estoy prisionero de tu amor, no puedo ni entrar ni salir como ellas. Ni siquiera tengo un hogar contigo y el tiempo pasa. Fíjate, desde aquí se ve el paseo. Las parejas que se quieren van abrazadas y todo el mundo las ve, no ocultan su amor. Yo, en cambio, estoy aquí escondido contigo porque pueden vernos juntos. Perteneces a otro mundo y a otro hombre. Yo me siento como tu esclavo.
—¿Esclavo? Pero Alfredo, ¿cuántos hombres quisieran tener la oportunidad que te estoy ofreciendo?
—¿Oportunidad? ¿De qué? ¿De ser tu siervo y hacerte el amor como te gusta? ¿Por qué no te buscas a otro hombre de tu nivel social? Entre vuestra clase hay mucho de eso y, a veces, ambas partes de un matrimonio son consentidores de ese juego. Dime, ¿por qué no te lo buscas? Así podrías dejar de ocultarte para verlo. Podrías ir con tu marido y amante a la misma cena, al mismo baile y a cualquier otro lugar y además, también te podría dar todos esos caprichos que son de gran importancia para ti.
—Alfredo, ¿cómo te atreves? ¡Me estás ofendiendo!
—¿Ofendiéndote? Pero si es la verdad. Seguro que antes que yo ya has tenido a otros hombres. Dime, ¿quién fue el anterior? ¿Otro obrero de tu marido? ¿O alguien de tu misma clase social? ¿Te crees que yo no me entero de algunas cosas?
—¿Qué es lo que sabes?
—¿Qué es lo que sé? Pues lo que tú ya sabes y, para colmo, le sugieres al buenazo de tu marido que despida a quien a ti te place para que deje de trabajar para él. No tienes piedad de nadie. Cada palabra que estoy hablando contigo me desencanta más, tanto que estoy dejando de quererte. Hoy cuando te acercaste a mí tenblaba de emoción. A veces pienso que debes de saber manejar muy bien a tu marido porque te ha perdonado siempre tus múltiples infidelidades…
No se sabe que le pasó a Alfredo que en poco rato hubo en él un cambio de conciencia porque comenzaron a salir de su boca palabras y frases que tenía reprimidas y que, antes de verse con la dama, no se le habían pasado por la cabeza. No se hubiese atrevido jamás a decirlas porque le daba miedo y más aun estando tan enamorado como él creía. Es posible que también le ayudara a quitarle la venda de los ojos la forma en la que actuó Josefina, segura y sabiendo que podía hacer con muchos hombres lo que le apetecía.
—Ahora, después de decirte lo que pienso, mi cabeza me está gritando, me hace hablar y no la puedo detener. Me dice que decida qué quiero hacer, si ser un objeto para ti o decidir ser libre. El sentimiento de libertad ha llenado mi corazón. Quiero vivir. Quédate con tu vida. Yo tengo que iniciar una nueva, pero con otros planteamientos para ser feliz. Adiós, Josefina, hasta…, no sé cuando…, tal vez hasta nunca.
—¡Alfredo! ¿Bromeas? No puede ser, te pasa algo, te has vuelto… Alfredo, ven aquí.
—Adiós. Estoy más cuerdo que nunca.
Alfredo se alejaba pensando: “es curioso como es la vida. No me había dado cuenta de cómo era Josefina durante todos estos años. Yo pensaba que me quería. Sin embargo, hoy en poco tiempo lo he visto todo diferente. Me he dado cuenta de la otra cara que tiene…, sí, de su otra cara. Ahora me siento…, liberado”.
Josefina miraba cómo se alejaba Alfredo con los ojos medio abiertos, pensativa, cavilando cuál sería su próxima gestión a hacer con Alfredo.
Escribe tus ideas.
Cuando abordamos un problema… ¿Crees que nos hace ser libres?

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